viernes, 14 de octubre de 2016

GEEK GIRL 3. GENIO Y FOTOGENIA - HOLLY SMALE

Harriet Manners sabe que:
· Nueva York es la ciudad más poblada de los Estados Unidos.
· Sus habitantes la llaman «la Gran Manzana».
· Un 27% de los estadounidenses duda de la llegada del hombre a la luna.
Pero no tiene ni idea de cómo se adaptará su familia a Estados Unidos. O cómo «convertirse en una marca», como dicen las modelos de Nueva York. O más importante aún, qué hacer cuando los grandes gestos románticos no vienen de tu novio…


Harriet Manners está a punto de enfrentarse al momento más importante de su vida: el resultado de los exámenes que le dirán si puede continuar con sus estudios como había planeado. Pero, por mucho que le guste hacer listas, los acontecimientos no suelen respetar los puntos que ella deja escritos en su diario. Lo primero, porque ni siquiera va a disponer del diario, ya que Alexa, ha decidido robárselo y, utilizarlo como lectura de cabecera para más tarde compartirlo con el resto de alumnos del instituto. Y, lo segundo, porque su familia debe mudarse a Nueva York, ciudad donde su padre ha conseguido un puesto de trabajo.

A primera vista suena muy emocionante: seis meses recorriendo las grandes avenidas, visitando museos y codeándose con celebrities. Pero, claro, esto tampoco será del todo como ella y Nat pensaban. Y lo que parecía una aventura de lo más excitante, terminará siendo un lío tremendo en el que se verán envueltos el mundo de la moda, una tutora demasiado severa, unos zapatos horriblemente extravagantes, un novio que da la sensación de no estar tan enamorado como ella creía, una chica naranja y un chico que no es quien dice ser.

Este tercer tomo de la saga Geek Girl es un poco diferente a los anteriores, sobre todo en cuanto a escenarios. No vamos a ver a Harriet en el colegio, escoltada por su mejor amiga y perseguida por Toby, su acosador oficial. En lugar de eso, por primera vez, la vamos a acompañar mientras se enfrenta al mundo real, ella sola, como la adulta que se supone que debe ser tras haber cumplido dieciséis años. Pero, sobre todo, la vamos a ver cometer errores y aprender de ellos.

Por supuesto, el libro conserva la esencia que tanto nos gusta a los seguidores de Geek Girl: estilo ameno, ritmo rápido, toques de humor y un montón de datos curiosos. Además, vuelve a darnos una lección sobre lo que significa el amor, la amistad, la familia y la confianza en uno mismo.

Diversión y aprendizaje unidos en un libro que engancha desde la primera página.


¡No os lo perdáis!


Publicado originalmente en el número 7 de la revista El aLIJo

viernes, 7 de octubre de 2016

HASTA EL FIN DEL MUNDO - AMY LAB

Todos escondemos algo, pero algunos secretos nunca deberían desvelarse…
Perdida. Así es como se siente Mat tras el accidente que ha trastocado su vida. Cuando piensa que ya nada puede ir a peor, sale a la luz un inquietante misterio que rodea a su familia. Para llegar a la verdad  y animarse a seguir adelante, necesitará la ayuda de Áxel, un carismático desconocido del que tal vez no deba fiarse.
¿Conseguirá descifrar todos los enigmas del pasado?

Cuando tu mundo se desmorona por completo, el único consuelo que te queda es pensar que las cosas ya no pueden ir a peor. Sin embargo, a veces, el destino se encarga de demostrarte que no podrías estar más equivocado.

Y eso es justo lo que le va a suceder a Matilda Magnusson…

Matilda acaba de perder a su padre en un accidente de barco que, además, ha dejado a su madre en coma, postrada en una cama de la UCI del hospital. Con sólo dieciocho años se ha quedado sola en el mundo. Y, sin embargo, cuando parecía que ya no podía perder nada más, la investigación policial que trata de esclarecer las causas del accidente, destapa por casualidad un misterio que afecta de forma directa a su familia. Ella, ansiosa por descubrir la verdad, empezará un viaje que la conducirá de vuelta a sus raíces en los fríos parajes de Suecia.

A lo largo de las páginas, Matilda se verá obligada a crecer, a hacer frente al dolor de cada uno de los mazazos que va recibiendo de parte de la vida y a construirse una nueva realidad en la que intentar volver a ser feliz. Y es que hay secretos que tienen los colmillos demasiado afilados y muerden con mucha crueldad cuando salen a la luz.

Por fortuna (o no) Áxel, un joven periodista que desborda desparpajo y optimismo por cada poro de su piel, aparecerá en el camino de Mat para acompañarla y ayudarla con su investigación.

Hasta el fin del mundo es una novela con dos tramas que se entremezclan hasta formar una sola.

Por un lado tenemos la parte de misterio, en la que iremos conociendo a la vez que la protagonista las pistas que nos llevarán a descubrir la verdad. A lo largo de las páginas nos veremos atrapados por la intriga, que además nos invitará a hacer nuestras propias conjeturas sobre lo que está pasando para ver al final si hemos acertado o no. Debo decir que esta ha sido mi parte favorita.

Por otro lado está la trama romántica, llena de detalles bonitos, pero también de celos, malentendidos y desconfianza que harán que todo se tambalee.


¿Cómo terminará todo?

Publicado originalmente en el número 7 de la revista El aLIJo

lunes, 26 de septiembre de 2016

XENIA, TIENES UN WASAP - GEMMA PASQUAL

Enciendes el móvil, repasas otra vez la conversación por si se te ha escapado algo entre líneas, le das mil vueltas a tu respuesta antes de enviar... y después te muerdes las uñas entre las horas en que él lee el wasap y cuando por fin se digna a responder.

Xenia es una chica como las demás que se esfuerza por terminar a tiempo los trabajos del instituto y encontrar plan para el fin de semana. Pero todo cambia con la presencia de Carlos, el chico que de pequeño le robaba las magdalenas de la abuela... y ahora le roba su corazón. Es el amor en los tiempos de WhatsApp.

Xenia es una adolescente normal que vive con su abuela y reparte su tiempo entre el instituto, su mejor amiga y su teléfono móvil.

Todo comienza un día que Paula, su mejor amiga, la deja plantada en la entrada del cine. Allí coincidirá con un grupito de chicos de su instituto y, de manera un tanto incómoda, retomará el contacto con Carlos, al que conoce desde que eran pequeños.

A partir de entonces, la vida de Xenia da un giro inesperado. Y es que ella no sabía que las relaciones amorosas pudieran ser tan complicadas. Por suerte, nunca le faltará el apoyo de su abuela y de su amiga.

Me ha gustado mucho que en la novela se da mucha importancia a la familia y en especial a los abuelos. La infancia de Xenia no ha sido fácil y poco a poco iremos entendiendo el porqué.

También se menciona en varias ocasiones la obra del escritor Gabriel García Márquez y algunas películas clásicas que pueden despertar la curiosidad de los lectores por conocer otro tipo de literatura o cine.

Además, se aprovechan un poco los acontecimientos que se desarrollan en la historia para advertir de los posibles peligros que puede conllevar el uso excesivo del teléfono móvil.

Me ha parecido bastante original que cuando estás llegando a las últimas páginas, la autora te permita elegir qué tipo de final quieres que tenga la historia. Así que serás tú quien deba seguir al emoticono correspondiente a lo que te gustaría que sucediera en el último capítulo.

La historia, aunque creo que no se menciona en ningún momento de forma explícita, está situada en Barcelona, así que quien conozca la ciudad podrá reconocer fácilmente alguno de sus lugares emblemáticos. 

La narración está salpicada con muchos extractos de conversaciones de WhatsApp de los protagonistas y un montón de emoticonos que todos conocemos muy bien.


Xenia, tienes un wasap es un librito cortito que trata un tema muy de actualidad, perfecto para pasar un rato entretenido y con el que muchos adolescentes se podrán sentir identificados.

Publicado originalmente en el número 6 de la revista El aLIJo

jueves, 8 de septiembre de 2016

GEEK GIRL 2. MODELO INADAPTADA - HOLLY SMALE

Harriet Manners sabe muchas cosas curiosas:
· Los seres humanos tienen 70.000 pensamientos al día.
· Las orugas cuentan con 4.000 músculos.
· Una persona normal come una tonelada de comida al año.
· Geek + modelo = que te digan muchísimas cosas cuando vas por el pasillo de la escuela.
Pero no tiene ni idea de chicos. Y en un viaje relámpago de modelos a Tokio, Harriet cambiaría todo lo que ha aprendido en su vida por la más mínima pista de lo que se supone que debería hacer con aquel chico que…

El verano ha llegado y Harriet (que sigue siendo una gran aficionada a hacer listas) lo tiene perfectamente planeado para que sea el más divertido de toda su vida. Sin embargo, parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para impedir que esto suceda: su mejor amiga está castigada, sus padres sólo piensan en la llegada del nuevo miembro de la familia Manners, el chico león la ha dejado y, para colmo, ha descubierto que su pelo no es de color rubio fresa.

Pero como toda buena hada madrina, Wilbur aparecerá en el momento oportuno para darle a su verano un poquito de magia o, lo que es lo mismo, proponerle viajar a Japón para trabajar en una campaña de moda. Porque sí, a pesar de todo, Harriet sigue trabajando como modelo.

Una vez allí, se esforzará al máximo para no defraudar a Yuka y de paso disfrutar de Tokio, una de las ciudades a las que siempre había soñado viajar (y a la que después de leer este libro también quiero ir yo). Pero las cosas, otra vez, no saldrán como había planeado.

Con esta segunda parte de Geek Girl he confirmado que adoro a Harriet Manners. Aunque ya lleva tiempo metida en el mundo de la moda, sigue siendo una especie de enciclopedia con piernas, inocente, inteligente, divertida y natural. Eso sí, ahora es mucho más fuerte que antes; aunque ella a veces parezca no darse cuenta.

Holly Smale ha vuelto a crear una historia fresca, amena y divertida, en la que destaca la importancia de la amistad, la familia y la confianza en uno mismo. Además explica bastantes cosas de la cultura japonesa y aporta un montón de datos curiosos sobre todo tipo de materias.

Si te gustó la primera parte, no puedes dejar de leer este segundo tomo. Y si aún no conoces a Harriet, te recomiendo que busques la reseña que apareció en el número cero de esta revista porque te vas a enamorar de ella.

¡La geek está de vuelta y no puedes perderte su nueva aventura! 

Publicado originalmente en el número 6 de la revista El aLIJo

viernes, 15 de julio de 2016

Paseando a Bailee [6]

¿Qué probabilidades hay de encontrarse tres veces a una misma persona durante un paseo por una ciudad en la que viven varios millones de habitantes?

En serio. Si alguien ha hecho un estudio sobre esto o tiene datos empíricos sobre el tema, que me los pase. Porque creo que el otro día rompí todas las estadísticas. Y si merezco un premio por haber batido un récord, lo quiero.

El caso es que, esa mañana, a Bailee le habían puesto su primera vacuna de la rabia. Le dio reacción. Y, como bebé que es, se puso muy tontorrona. Pero por la tarde había que salir a la calle aunque no le apeteciese mucho. Así que ahí íbamos las dos: caminando a ratos y paradas la mayor parte del tiempo.

Y en una de esas veces que estábamos «dialogando» mentalmente sobre que mientras se pasea no se atacan los pies humanos, empezó a acercarse una señora con el ya clásico «¡Oooooooooooooooooh! ¡Iiiiiiih! Ñeñeñeñe. Etc.» de voz estridente.

—No la salude, por favor, que se está portando mal hoy.
—Pobrecito. Es pequeño. Etc.

Total que, en vista de que la señora seguía plantada delante de nosotras, hicimos un quiebro y nos alejamos.

Un rato después, para sorpresa mía porque habíamos tirado en direcciones opuestas, volvemos a encontrarnos a la misma señora.

—Mira. Jajajajaja. Es el perrito que está castigado. ¿Le puedo acariciar? (WTH?)
—No. Que está muy excitada (y Bailee también).


Pongo cara de póker y sigo caminando como si nada.

Pero ahí no acabó todo.

Ya cuando estábamos volviendo a casa, nos encontramos con mi mejor amigo y nos paramos con él. Y Bailee, como sabe que la gente normal no la saluda hasta que no se calma (no tocar, no mirar, no hablar hasta que se tranquilice), se sienta mientras hablamos y se nos queda mirando en plan «Oye, tíos, me he sentado y aquí nadie me dice nada». Ya se agacha Edu a acariciarla.

Y en esto… ¡Correcto! Pasa la señora. ¡Sí! ¡Otra vez!

—¡¿Le puedo tocar ya?!
—No.

(Si le había dicho ya dos veces que no, ¿qué le hacía pensar que había cambiado de opinión?)

Total, que el resto del paseo fui casi como en las películas de espías, asomándome a las esquinas y mirando hacia atrás por si nos estaba siguiendo. La próxima vez que vayamos por esa zona utilizaremos bigotes postizos para camuflarnos. 

Fuera bromas, es que hay gente que se piensa que los demás tienen que hacer siempre lo que ellos deseen. Sobre todo si llevas un perro. Porque si llevas un perro estás obligado a pararte, cambiar de ruta y sonreír siempre que alguien te lo pida. Aunque lleves prisa, no te apetezca, vayas hablando con tu acompañante, estés haciendo otra cosa o simplemente no te dé la gana.

Y si no, que se lo digan a la señora duquesa de la terraza del bar.


Íbamos paseando por una acera muy ancha. De estas enormes, vamos. Y de repente una señora que estaba sentada en una mesa justo al otro lado nos empieza a llamar para que nos acerquemos. Paso de largo, obviamente. Bailee sigue caminando a mi lado como si nada.

—Menudos gilipollas (¿Se pueden escribir palabrotas en un blog?)

Yo, que ya había entrado en mi modo «no confrontación» lo ignoré totalmente. Que piense lo que quiera. Estoy paseando con mi perra y no me va a estropear el momento. Pero, de repente, cuando llegamos a la otra esquina, me di cuenta de que Pablo nos había abandonado. Por lo visto se quedó dialogando amablemente con la señora, hasta que la dejó sin argumentos y avergonzada. ¡Bien merecido! A ver si así se entera de que los demás no están a su disposición :)

jueves, 7 de julio de 2016

Buscando a Dory

«Hola, soy Dory y tengo pérdidas de memoria a corto plazo.»

Con esa frase, una voz de lo más tierna y la carita más cuqui de todo el cine de animación, se nos presenta la pequeña Dory, el famoso pez cirujano que conocimos en Buscando a Nemo, cuando ayudaba a Marlin a encontrar a su hijo.

A partir de ese recuerdo de su infancia, la Dory adulta se embarcará en una nueva aventura de búsqueda, esta vez con el objetivo de reencontrarse con sus padres. Para ello tendrá que cruzar una vez más el océano y regresar al lugar en el que nació, con todos los peligros que ello supone. Pero, por supuesto, no estára sola, irá acompañada de sus amigos y de otros muchos personajes marinos que irá encontrando por el camino.

La película cuenta el viaje de los tres peces, pero también introduce recuerdos que vuelven a la mente de Dory para mostrarnos cómo era de pequeña, cuál es su pasado e incluso qué estaba haciendo cuando conoció a Marlin.


Una vez más, Pixar nos ofrece una película que pueden disfrutar niños y adultos. Historia entretenida, personajes  entrañables, momentos divertidos, reencuentro con peces que ya conocíamos, partes emotivas y mensajes más allá de la superficie (crítica a los parques de animales, héroes no convencionales, relaciones humanas…).

Buscando a Nemo es una de mis películas de animación preferidas, pero Buscando a Dory, para mi gusto, la supera. Es una historia quizá menos divertida, pero más completa. Me encantó.


Por cierto: no os perdáis el corto que proyectan antes de la película y ni se os ocurra salir de la sala antes de que finalicen los créditos. ¡Hay sorpresa!


martes, 28 de junio de 2016

Adiós, amigos de Guindalera

Cada vez que un lugar en el que habita la cultura cierra sus puertas, da pena. Mucha. Pero cuando ese lugar es casi una parte de tu familia, sientes que de verdad estás perdiendo algo muy valioso. Si seguís el blog desde hace tiempo, más de una vez habréis leído críticas de obras de teatro representadas en la sala Guindalera.

Hace unos trece años apareció en el barrio un teatro pequeñito, escondido en medio de las casas. Ya la entrada daba bastante idea de lo que ibas a encontrar dentro: una salita pequeña, acogedora y en la que cada visita prometía ser especial. La primera vez fui con mis padres y desde entonces he visto casi todas las obras que han hecho. Allí he conocido a gente, he aprendido, he reflexionado, me ha entrado curiosidad por leer autores que no conocía, he entrevistado a actores para trabajos de la universidad y, sobre todo, he disfrutado del teatro.


Pero, desgraciadamente, el pasado viernes fue la última vez.

Justo al volver de ver Fuga Mundi, nos enteramos de que iban a cerrar. Los que hemos estado con ellos desde hace tiempo, sabemos que son ya varios años los que llevan luchando e intentando mantenerse a flote, siempre bien sujetos a sus principios y a la idea con la que pusieron en marcha el proyecto. Pero parece que no pudo ser. Parece que los lugares en los que ofrecen cultura como algo más que entretenimiento no interesan. Y es una pena, porque creo que es justo lo que necesitamos en los tiempos que corren.

Así que desde aquí os animo a que no perdáis la oportunidad de ir al menos una vez a disfrutar de Guindalera. Tenéis hasta el día diecisiete de julio (jueves, viernes y sábados a las 21h. y domingos a las 20h.) para asistir a las representaciones de Fuga Mundi, una obra protagonizada por cuatro mujeres muy distintas y ambientada a principios del siglo XVII, en una España que estaba a punto de comenzar la expulsión de los moriscos. Una obra que habla de prejuicios, de injusticias, del miedo, del deseo,del poder, de la religión, de la ética…

La sala está en la calle Martínez Izquierdo 20, en Madrid, muy cerca del metro de Diego de León.

De verdad, si no habéis ido (o si lo habéis hecho ya, por qué no) no perdáis la oportunidad de disfrutarlo antes de que cierre.

A mí ya solo me queda decir: hasta siempre y muchas gracias.

viernes, 24 de junio de 2016

Paseando a Bailee [5]

Durante estos meses he aprendido que para muchas personas la frase «si yo también tengo perro» significa completo derecho para hacer lo que les venga en gana. Soltar esa frase es como sacarse del bolsillo una llave maestra o como ponerse la pulserita del todo incluido en un hotel o el sello del parque de atracciones que te permite montarte en Los Fiordos nada más llegar mientras la gente que lleva tres horas haciendo cola te mira con una mueca bastante simpática.

Esa frase es como el título de la universidad. Porque, si lo tienes, es que sabes de todo lo relacionado con el tema. Aunque claro, hay niveles. Está el que «yo es que he criado perros toda la vida» hasta la que «una vez me pareció ver un perro desde la ventana pero al final me di cuenta de que era una mancha en el cristal».

Pero todos ellos saben muchísimo del tema de la educación canina y están dispuestos a bendecirte con un millón de consejos para que de una vez por todas sepas cómo tratar a tu perro.

A mí, que alguien me diga que tiene (o ha tenido) perro es como si me dice que le gusta el color rojo o que usa una talla cuarenta de zapatos. No me proporciona ningún tipo de información sobre cómo lo ha criado. Y, francamente, tampoco es algo que me importe.


Ayer mismo, estábamos parados en la calle. Bailee estaba bebiendo agua porque hacía un calor de muerte. Ella se dispersa con cualquier cosa, con lo cual, hay que estar llamando su atención todo el rato para que termine de beber y no pasen veinte minutos entre un sorbo y otro. Total, que de pronto, a mi espalda, aparece una señora:

—¡Ay! ¡Bebé! ¡Oh! ¡Qué bebé! Ñiñiñiñiñi. Etc. (Léase con voz estridente).
—Venga, Bailee, que estás bebiendo.
—Bueno, ya la he distraído. Jajaja.
(Ok, señora. Muchas gracias. Qué graciosa es usted. Me parto.)

Bailee, como cachorro que es (y encima sobrexcitada por cómo se acerca la mujer), empieza a ponerse a dos patas sobre las piernas de la señora. La corregimos para que baje.

—No, si YO TAMBIÉN TENGO PERRO. No pasa nada.
—Ya. Pero es que no queremos que se suba a la gente J

La señora pone cara de vinagre, se da media vuelta y se marcha toda indignada. Porque claro, ella «también tiene perro» y por lo tanto, nosotros debemos dejar de lado cómo queremos educar a la nuestra, para que ella la eduque a su modo. ¡Somos unos bordes!


Además, hace unos días me pasó algo parecido con otra señora, que se empeñó en acariciar a Bailee, mientras ella saludaba a su perro. (¿Por qué? ¡Si los que se están saludando son los perros! Es un misterio para mí). Yo la corregí para que no se pusiera a dos patas, pero la señora insistió, agarrándola por el pecho para levantarla. Y, al final, terminó mordiéndole el jersey. Y, obviamente, protestó. Y, obviamente, la culpa fue mía...

Pero no han sido los únicos casos.

Al principio de los tiempos, cuando Bailee era un tormento en la calle y no paraba de morderme las piernas mientras tratábamos de caminar, una señora me vio corregirla. Empezó a caminar detrás de nosotras, a nuestra misma velocidad de tortuga, y cuando se puso a mi altura…
—Es que no la tienes que regañar.
—Tiene que aprender desde el principio a portarse bien.
YO TAMBIÉN TENGO PERRO. Y lo que necesita es cariño. Que la acaricies.
—Si la acaricio cuando hace algo mal, refuerzo ese comportamiento.
—Pobrecita. Está falta de amor.
(Inés dentro de su mente: A lo mejor la que está falta de amor es usted.)
Y cruzamos de acera.

Pero al otro lado de la calle me esperaba otro «yo también tengo perro».
—Qué mala es. Lo que tienes que hacer es pegarle en el morro.
(Inés con los ojos desorbitados.)
—No hay que pegarlos.
—Sí. YO TAMBIÉN TENGO PERRO y he criado pastores alemanes. Les pegas en el hocico y ya no muerden más.
—Ok. Venga, Bailee, vamos.

Pero también hay gente normal por el mundo, aunque os creáis que no.

Íbamos paseando y el portero de un edificio llamó a Bailee para saludarla. Ella fue a subirse. La reñí.
—No pasa nada. Si YO TAMBIÉN TENGO PERRAS.
—No, si es por ella. (Que usted me da bastante igual, vamos.)
—¡Ah! Que le estáis enseñando así. Vale.
El hombre se agachó para acariciarla en el suelo. Le di las gracias. Nos despedimos y continuamos el paseo tan bien.

viernes, 17 de junio de 2016

Paseando a Bailee [4]

Hace un par de días, mientras paseaba a Bailee, tuvimos que someternos, de manera totalmente inesperada, a la ITP. Es decir, una Inspección Técnica Perruna. No os asustéis. No es ningún examen que tengáis que pasar de forma obligatoria. No. De hecho, es bastante surrealista.

Resulta que estaba yo agachada en el suelo, sujetando a Bailee, que estaba sentada delante de mí. Es que tenía el día tonto y era necesario calmarla para poder continuar (pero ya va mucho mejor, ¿eh?). Y, de repente, se acerca a nosotras una señora y se agacha a nuestro lado.

Yo, como estoy aprendiendo a mantener la calma, sigo a lo mío. Hasta que empieza a tocarle el collar antiparasitario y a meter los dedos entre él y el cuello de Piecito de Bailee. 


—Ah, está bien puesto —dice, justo antes de hacer lo mismo con el arnés.

Yo a esas alturas ya me había quedado a cuadros, como podréis comprender. Y justo cuando estaba a punto de pedirle que me ensañase su placa de inspectora de accesorios perrunos, se levantó. Pero no se fue. ¡No! ¿Cómo iba a irse y dejarnos en paz?

—Es un cachorro.

(¿Ah, sí, señora? Fíjese que no me había dado cuenta. Pensé que estaba paseando un zapato.)

Pero en lugar de decir nada, la miro con cara de póker.

—Tienes que dejarla suelta. Suéltala. Dale libertad. Ya verás qué bien.

—Los perros no necesitan la libertad de ir sueltos por la calle —le digo yo, con la mejor sonrisa que sé fingir.
(Lo que necesitan es hacer ejercicio, que se les pongan límites y se les dé cariño.)

—Que sí. Si es igual que mi perra. Hay que dejarles sueltos.

Al final, claro, como no se iba, nos tuvimos que ir nosotras. Porque lo de discutir ya no va conmigo. Pero mientras me alejaba seguía oyéndola darme instrucciones sobre cómo pasear a mi perra. Porque era igual que la suya. Y deben ir sueltos por la calle.


Y hablando de ir sueltos… Creo que nunca os he hablado de nuestra mejor amiga del parque. O quizá sí. Ella es una de esas señoras que el primer día que nos vio se acercó a coger a Bailee en brazos y después se ofendió porque le dijimos que no lo hiciera. Pero claro, esa gente no suele darse cuenta de que no es bien recibida y tiende a quedarse a tu lado comiéndote la oreja. Ella, tras poner cara de vinagre, nos preguntó que si no pensábamos dejar a Bailee suelta.

(Aquí hago un inciso para comentar que nuestro parque no es un parque para perros. Es un parque normal de barrio. Cutrecillo. Bastante sucio. Con un montón de puertas que dan directamente a la carretera. Y que obviamente están abiertas. Además, como es un parque, hay niños jugando, ancianos paseando y, a veces, carpas de partidos políticos.)

El caso es que le decimos con toda nuestra educación que no, que es un cachorro, que está aprendiendo a pasear y que hace poco tiempo que está con nosotros (que también le podíamos haber dicho simplemente «porque no», pero bueno).

—Pero tenéis que soltarla. No se va a ir.

(Porque ella, que acababa de ver a Bailee por primera vez hacía dos minutos conocía de sobra su comportamiento, sus miedos y todo lo demás.)

—Además tenéis que ser su referente. ¿Y por qué no dejas la correa en el suelo y la pisas? Bla, bla, bla…

Total, que otra vez, por no seguir discutiendo, nos tuvimos que ir.

La siguiente vez que la vimos, vino otra vez directa. Pero en cuanto se acercó un poco dijo: «Ah, que es el señor que no quiere soltar a su perro». Pero no se fue. Por supuesto que no.

Bailee estaba tranquilamente jugando con otro cachorro. Sin meterse con nadie y sin tener ninguna limitación por ir con correa. Si tenemos que correr a su lado, corremos, sin ningún problema (no como ella, que suelta a su perro y se desentiende completamente porque lo que le interesa es charlar con el resto de dueños). 

El caso es que la señora se quedó a nuestro lado, explicándole a la dueña del otro cachorro que es que «pobre perrita, si no la suelta. Está sufriendo… etc.».

Reconozco que ahí me calenté y reaccioné muy mal, porque puedo tragar mucho, pero no que me digan que estoy maltratando a mi perra. Así que otra vez nos tuvimos que marchar, porque yo todavía no había entrado en mi etapa antidiscusiones y saqué la borde-gritona que llevo dentro. La próxima vez pienso tirar de ironía para responderla. O de frases de Los Simpson tipo «yo pensaba que el poli era como una prostituta».


Por cierto, llevamos con Bailee dos meses en casa y durante ese tiempo nos hemos encontrado dos perros corriendo asustados por la calzada. Al primero, aun estando un buen rato intentándolo, no logramos cogerlo. Al segundo sí pudimos retenerlo hasta que llegó su dueño un rato después, gritando y regañándolo por haberse ido.

Qué bien eso de dejarlos sueltos en sitios que no están preparados para ello, ¿eh? :)

viernes, 10 de junio de 2016

Paseando a Bailee [3]

Uno de los primeros días que salí a pasear con Bailee, descubrí que sabía volar. Sí, sí. No pongáis esa cara. Ahora os lo explico:

No recuerdo qué clase de evento social estaba ocurriendo ese día, pero el caso es que había muy poca gente por la calle. Así que yo iba bastante tranquila, la verdad. De repente, Bailee se paró y yo me paré. Pero, una vez que me aseguré de que no había nada en el suelo que pudiera comerse, seguí mirando hacia delante, con la correa destensada, para darle tiempo a que se animara a seguir con el paseo.

Y, de repente, noté que la correa ya no caía hacia el suelo, sino que estaba elevada a mi altura. ¡Bailee estaba volando! ¡Qué maravilloso! 


Sorprendida por el descubrimiento de que mi perra en realidad era algún tipo de ser fantástico que podía ponerse a flotar en el momento menos pensado, me di la vuelta. 

Y la encontré en brazos de  una señora.

En serio. ¿POR QUÉ?

Mi cara debió de ser épica.

Vale, puedo aceptar que quieras pararte a saludarla (yo insisto en que no lo haría, pero ya estoy aprendiendo a convivir con ello) pero ¿cogerla en brazos? ¿A santo de qué?

Pues esta fue la primera, pero no la única experiencia. Porque para la gente parece que es de lo más normal ir por la calle y coger en brazos al primer perro que te encuentres. Bueno, supongo que con uno que pese sesenta kilos no lo harán. Supongo…

Pero, sin duda, la gente que más me gusta es esa que se indigna cuando le dices que, por favor, no la coja en brazos.

—¡Ah! ¿No? ¿Y por qué no?


Aquí es cuando me entran ganas de soltarles un «pues porque es mi perra y no me da la gana». Pero, claro, encima hay que ser amable. Así que suelo intentar salir del paso con un dulce «es que no puede acostumbrarse a que la cojan durante el paseo». Y aun así, hay personas que no quedan conformes con la explicación y empiezan a discutir.

Eso me ha hecho pensar que a la próxima persona que lo haga, le cogeré el bolso o cualquier cosa que lleven por ahí. A ver si les parece tan normal.

En fin…

Creo que soy de otro planeta.


O, bueno, a lo mejor no. Porque resulta que no soy la única que lo piensa.

¡Aún hay esperanza!

El otro día me crucé con una mujer que llevaba dos niños de la mano. Uno de ellos, en cuanto vio a Bailee, se lanzó a por ella. Pero la madre le agarró del brazo a tiempo, se paró con él y le explicó la situación de una manera que ni yo misma lo hubiera dicho mejor:

«¿Qué te parecería si un día voy yo caminando con vosotros y alguien que no conocemos se acerca a saludaros?»

Pues eso :)


jueves, 9 de junio de 2016

Silence is Goldfish - Annabel Pitcher

Tess acaba de descubrir que su padre, en realidad, no es su padre biológico. Lo ha descubierto de una manera traumática, tanto que de repente deja de hablar. Ni una palabra, ni una carcajada, nada. El único «ser» con el que se comunica en medio de su silencio es una linterna con forma de pez, que la acompañará a lo largo de la delirante búsqueda que realizará para encontrar a su verdadero padre.
Pero eso no es todo, porque Tess no es la típica persona que puede encuadrarse dentro del canon de «belleza ideal» instaurado por la sociedad y esto hace que en el colegio le hayan puesto motes de lo más desagradables. Su familia está preocupada porque no tiene demasiados amigos y alguien en quien ella confiaba se aprovechará de su silencio para manejarla a su antojo.

Como todas las novelas de Annabel Pitcher, Silence is Goldfish cuenta una historia durísima. No es un libro más sobre acoso escolar (y ciberbullying), sino que contiene grandes mensajes y temas para reflexionar. No sólo nos habla de la importancia de querernos a nosotros mismos e ignorar lo que opinen los demás, sino también del respeto que hemos de practicar hacia los demás, de la importancia de dialogar con nuestros seres queridos cuando creemos que algo no va bien, de la presión que a veces sentimos por satisfacer lo que los demás esperan de nostros, del peligro que suponen ciertas personas que se aprovechan de los que consideran débiles... y mucho más.

Todo ello contado desde la voz tierna de una chica de quince años que no encuentra su lugar en el mundo, que cree que no encaja en ningún sitio y no se siente parte de ningún grupo. 

Para mi gusto este es el punto fuerte de Annabel Pitcher: su capacidad para contarnos historias duras, pero con un narrador que nos la suaviza sin quitarle ni un ápice de importancia al asunto que trata.

Todos los personajes están perfectamente descritos, con su personalidad marcada y su propia forma de expresarse. Confieso que he sentido debilidad por Isabel (la mejor amiga de Tess) y que el modo de ver la vida de Henry me ha parecido bastante interesante.

En resumen, Silence is Goldfish es un libro sobre relaciones personales en todos los ámbitos, sobre personas (buenas y malas) y sobre las dificultades que nos pone la vida a cada paso que damos, especialmente si nos sentimos «diferentes» al resto. 

Me ha gustado muchísimo (como no podía ser de otro modo tratándose de esta autora) y espero que pronto lo traduzcan al español para que mucha más gente pueda disfrutar de él :)

viernes, 27 de mayo de 2016

Paseando a Bailee [2]

¡Hola!

En esta nueva entrega de «Paseando a Bailee» os presentaré a dos especímenes bastante curiosos: el hombre que creía saberse todas las leyes (o no) y la señora que tenía rayos X en los ojos (o no).

El caso es que, tras mucho esperar...


...visitar urgencias y quedarse ingresada por una sorpresa que traía en el estómago (en plan Huevo Kinder)...



...y seguir esperando otro poco más, por fin, llegó el día de poder salir a la calle.


Como podéis imaginar, estábamos todos deseando vivir ese momento. Así que allá que salimos decididos e ilusionados

Por supuesto, como para Bailee era una experiencia nueva, lo único que le preocupaba era olfatear absolutamente todo lo que le rodeaba. Descubrimos que le atraen muchísimo las motos y que debemos andar con mil ojos porque es una especie de aspiradora que atrapa al vuelo cualquier cosa que haya en el suelo. Así que no avanzábamos más que unos pocos metros en cada paseo, pero era genial.

Hasta que nos encontramos con el señor que conocía todas las leyes y estaba dispuesto a aplicarlas. 
—Oye. Tiene que ir con bozal —oí mientras Bailee barajaba la opción de comerse unas bolas que caen de los árboles de mi calle.
Obviamente, no hice ni caso, pues pensaba que no me hablaban a mí. Yo que sé, me imaginaba que vendría por ahí algún perro grande o algo así. Pero no. Enseguida noté una presencia a mi lado y ningún perro más en toda la calle.
—No —respondí yo. Y seguí andando para alejarme.
Pero como os he dicho, Bailee no caminaba mucho. No quería dejar ni un milímetro sin oler. Y los ojos del hombre nos taladraron hasta que cruzamos de acera.
Por supuesto que existe una ley que regula el uso de bozal, pero no creo que un cachorro de unos tres meses, que no levanta dos palmos del suelo, mestizo sin ningún tipo de mezcla PPP, esté incluido. Y así me lo confirmó de todos modos una policía. La próxima vez, le digo que llame o se acerque a la comisaría más cercana; a ver quién se sabe mejor las leyes.


Unos días después, salimos de paseo por la mañana. Era sábado y casi no había gente por la calle. Bailee seguía en modo «investigarlo todo», así que cuando la señora del carrito de la compra pasó por su lado ni se inmutó. Pero la señora sí. Se ve que compartir acera con un perro le molestó muchísimo, pues empezó a farfullar a un volumen lo suficientemente alto como para que la escuchásemos, pero no para que la entendiésemos. Para eso esperó a alejarse un poco...
—Y encima no recogeis las cacas. Si ni siquiera lleváis bolsas —nos soltó, porque ella era capaz de ver todo lo que llevábamos en los bolsillos y en la mochila, ¿vale?
Bailee aún no sabía (ni casi sabe a día de hoy) hacer sus necesidades en la calle pero, aun así, llevábamos un empapador para intentar enseñarla a hacer pis y varias bolsas. Se las mostramos a la señora y de repente ya no tenía muchas ganas de decir nada, solo de encontrar las llaves de su portal y desaparecer. Ahora cuando nos ve, cruza de acera.
Eso es lo que pasa cuando tu vida es tan infeliz que tienes que meterte en la de los demás. Y, claro, haces el ridículo de forma estrepitosa. 

Un saludo, señora.