viernes, 20 de mayo de 2016

Paseando a Bailee [1]

Hace cinco semanas adoptamos a una perrita.
Por lo poco que se podía saber de ella, parecía una cachorra de dos meses y medio (aunque ahora creemos que es algo mayor), mezcla de Teckel con no se sabe muy bien qué. Adorable…


…Casi todo el tiempo.

Lo cierto es que antes de tomar la decisión de traer a casa a un nuevo habitante, estuvimos leyendo mucho, preguntando mucho a gente con experiencia y reflexionando mucho sobre si nuestro estilo de vida nos permitiría atenderla como es debido. Pero hubo algo sobre lo que no pensamos… la gente que nos íbamos a encontrar por la calle durante los paseos.

Y es precisamente sobre eso último sobre lo que quiero hablaros en esta nueva «sección» del blog.

Por tema vacunas y demás, hace apenas dos semanas que empezamos a salir de paseo con Bailee y en ese periodo tan corto ya nos ha dado tiempo a darnos cuenta de que no va a ser nada fácil lidiar con la dificultad añadida que supone cierto tipo de gente en la calle.

Yo siempre he sido de saludar a tooooooooooodos los perritos con los que me cruzaba. Pero siempre de lejos. Sin llamar siquiera su atención. Y, salvo en contadísimas ocasiones en las que los dueños me han dado pie a ello, jamás se me ha ocurrido acercarme a acariciar —y menos coger en brazos— a ninguno de esos perros. Por muy monos que me parecieran.

Pero ahora creo que soy un bicho raro.

Para empezar suavecito, hoy simplemente voy a hablar de algo general. Ya más adelante os contaré anécdotas más concretas y cada cual más surrealista que la anterior.


Cuando fuimos a conocer a Bailee, nos comentaron que era un poco gruñona. Y enseguida comprobamos que estaban en lo cierto. Hablando de este asunto con gente que tiene perros, todos coincidieron en que era «extraño», o al menos poco común, que un cachorro tan pequeño gruñera, ya que, por lo que llegué a entender, todavía no tienen ese instinto desarrollado. Bien, pues Bailee gruñía y sigue haciéndolo (aunque ya algo menos).

No sabemos nada de su vida antes a ser rescatada por la protectora, pero lo que parece bastante evidente por ciertos comportamientos es que no pasó suficiente tiempo con su madre. No sabemos en qué condiciones estuvo, ni si alguien le hizo algo malo (aparte de dejarla tirada en un jardín, que ya es bastante) pero lo cierto es que muy pronto descubrimos que no sólo gruñía, sino que también muerde. Y no me digáis que es jugando (que eso también lo hace y me parece normal). No. Saca los colmillos y se lanza a morder.

Es un poco como Stitch: adorable y achuchable casi todo el tiempo, pero a ratos terrible.


Ahora os pido un poco de imaginación: pensad en Bailee (o cualquier otro perro) paseando con sus dueños y, de pronto, lanzandose a morderlos las piernas o las manos sin parar de gruñir. ¿Os resulta graciosa la escena?

Vale, sé que tengo un sentido del humor rarísimo, pero cada vez que alguien se ríe o suelta el típico «¡Ooooh, qué cachorrito tan mono, mira como gruñe!» o «¡Qué gracioso! ¡Mira cómo juega!» me hierve la sangre. Vamos, que ni p***izca de gracia me hace.

Pero la gente lo ve muy divertido.

Seré yo la rara. Claro.



Obviamente estamos trabajando, con la ayuda de un adiestrador, para corregir esto y que Bailee pueda ser una perrita feliz, en paz y disfrutar de los paseos al máximo. Pero reconozco que a veces me frustro y sólo quiero ponerme a matar gente. 

Cuando os siga contando, sé que me comprenderéis. Mientras tanto, estoy empezando a pensar que todo habría sido más sencillo si hubiéramos adoptado un perro que a la gente le pareciera feo. Pero como a mí me encantan todos, no habría sabido elegir.

CONTINUARÁ…

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