viernes, 27 de mayo de 2016

Paseando a Bailee [2]

¡Hola!

En esta nueva entrega de «Paseando a Bailee» os presentaré a dos especímenes bastante curiosos: el hombre que creía saberse todas las leyes (o no) y la señora que tenía rayos X en los ojos (o no).

El caso es que, tras mucho esperar...


...visitar urgencias y quedarse ingresada por una sorpresa que traía en el estómago (en plan Huevo Kinder)...



...y seguir esperando otro poco más, por fin, llegó el día de poder salir a la calle.


Como podéis imaginar, estábamos todos deseando vivir ese momento. Así que allá que salimos decididos e ilusionados

Por supuesto, como para Bailee era una experiencia nueva, lo único que le preocupaba era olfatear absolutamente todo lo que le rodeaba. Descubrimos que le atraen muchísimo las motos y que debemos andar con mil ojos porque es una especie de aspiradora que atrapa al vuelo cualquier cosa que haya en el suelo. Así que no avanzábamos más que unos pocos metros en cada paseo, pero era genial.

Hasta que nos encontramos con el señor que conocía todas las leyes y estaba dispuesto a aplicarlas. 
—Oye. Tiene que ir con bozal —oí mientras Bailee barajaba la opción de comerse unas bolas que caen de los árboles de mi calle.
Obviamente, no hice ni caso, pues pensaba que no me hablaban a mí. Yo que sé, me imaginaba que vendría por ahí algún perro grande o algo así. Pero no. Enseguida noté una presencia a mi lado y ningún perro más en toda la calle.
—No —respondí yo. Y seguí andando para alejarme.
Pero como os he dicho, Bailee no caminaba mucho. No quería dejar ni un milímetro sin oler. Y los ojos del hombre nos taladraron hasta que cruzamos de acera.
Por supuesto que existe una ley que regula el uso de bozal, pero no creo que un cachorro de unos tres meses, que no levanta dos palmos del suelo, mestizo sin ningún tipo de mezcla PPP, esté incluido. Y así me lo confirmó de todos modos una policía. La próxima vez, le digo que llame o se acerque a la comisaría más cercana; a ver quién se sabe mejor las leyes.


Unos días después, salimos de paseo por la mañana. Era sábado y casi no había gente por la calle. Bailee seguía en modo «investigarlo todo», así que cuando la señora del carrito de la compra pasó por su lado ni se inmutó. Pero la señora sí. Se ve que compartir acera con un perro le molestó muchísimo, pues empezó a farfullar a un volumen lo suficientemente alto como para que la escuchásemos, pero no para que la entendiésemos. Para eso esperó a alejarse un poco...
—Y encima no recogeis las cacas. Si ni siquiera lleváis bolsas —nos soltó, porque ella era capaz de ver todo lo que llevábamos en los bolsillos y en la mochila, ¿vale?
Bailee aún no sabía (ni casi sabe a día de hoy) hacer sus necesidades en la calle pero, aun así, llevábamos un empapador para intentar enseñarla a hacer pis y varias bolsas. Se las mostramos a la señora y de repente ya no tenía muchas ganas de decir nada, solo de encontrar las llaves de su portal y desaparecer. Ahora cuando nos ve, cruza de acera.
Eso es lo que pasa cuando tu vida es tan infeliz que tienes que meterte en la de los demás. Y, claro, haces el ridículo de forma estrepitosa. 

Un saludo, señora.




miércoles, 25 de mayo de 2016

Un recuerdo a contraluz - Javier Dut

Perseguir un sueño nunca es fácil, y si no que se lo digan a David, para quien ser actor siempre ha sido su mayor meta. Su mayor aventura.Sin embargo, para Lourdes, las únicas aventuras que ha vivido a lo largo de su vida son las que ha encontrado entre las páginas de sus queridos libros. ¿Puede un fracaso convertirse en el mayor éxito de tu vida? ¿Serías capaz de hacer real lo imaginario? Un recuerdo a contraluz nos ofrece un sorprendente y emotivo juego entre el presente y el pasado; un puzle cuyas piezas son los sueños, el amor, la amistad y el adiós. Una novela que promete un viaje lleno de elementos mágicos listos para ser recordados.

¿Empezaste la universidad con toda la ilusión, pensando que al terminar te comerías el mundo, pero al salir te estampaste de morros contra una realidad muy diferente? ¿Sabes lo que es luchar por tus sueños de forma incansable y no recibir más que reveses? ¿Estás apático, desesperanzado y enfadado con el mundo por la realidad económica tan dura que te ha tocado vivir? ¿A tu cabeza viene una y otra vez la idea de abandonar, de tirar por la borda todo el esfuerzo que has derrochado durante los últimos años? ¿Conoces a alguien que esté pasando por una situación parecida?

Si has respondido que sí a todas o alguna de las preguntas anteriores, sin duda, este es tu libro.

Un recuerdo a contraluz cuenta la historia de David, un joven que siempre ha soñado con ser actor, pero al que las cosas no le han salido como él tenía planeado. La crisis económica y el funcionamiento interno del mundo del arte han cortado sus alas, convirtiéndolo en un ser deprimido y sin ningún tipo de ilusión.

También nos cuenta la historia de Lourdes, otra de las muchas jóvenes afectadas por la falta de oportunidades que muchos llevamos sufriendo desde hace unos cuantos años. Y ella, quizá porque es plenamente consciente de cómo es la realidad, prefiere refugiarse entre las páginas de sus libros, pues es allí donde vive las mejores aventuras que jamás hubiera podido imaginar. Sin embargo, un buen día tendrá que tomar la decisión de si seguir leyendo o cerrar el libro para empezar a escribir su propia historia.

La novela está dividida en cinco partes, cuatro noveladas y una en forma de ensayos. Me ha parecido muy original esta estructura y la parte de los ensayos, que a primera vista puede parecer algo «aburrido», me ha resultado de lo más interesante y me ha hecho reflexionar sobre los temas que trata.

La historia está narrada en primera persona por cada uno de los protagonistas, aunque el autor nos pone una trampa para mantenernos intrigados hasta el final: una de las partes nos la cuenta un narrador del que nada sabemos, pero que parece conocer muy bien a uno de los personajes. ¿Quién será?

Me he sentido identificada con los dos personajes principales y muy reflejada en la historia (ya puestos, pido un final como el de Lourdes). Se nota que Javier Dut ha vivido —y/o conoce gente que ha vivido— situaciones similares, pues las plasma de una manera que creo que sólo alguien que lo ha sentido cerca puede hacerlo.

Además, está muy bien escrita, con un estilo cercano y ameno que atrapa desde la primera página.

Un canto a la esperanza, a la lucha por los sueños, a la ilusión, al esfuerzo y al amor en todas sus vertientes, pero siempre manteniendo los pies en el suelo y teniendo bien claro que la realidad está ahí. Nada se resuelve de forma mágica pero en cada página nos recuerda que al final, de un modo u otro, siempre recibimos nuestra recompensa por el esfuerzo que hacemos, aunque sea de una forma que a veces nos parece tan simple como sentirnos orgullosos de nosotros mismos.

No había leído nada de este autor antes, pero Un recuerdo a contraluz se ha convertido en uno de mis libros favoritos. Me ha llegado mucho. Gracias, Javier.

viernes, 20 de mayo de 2016

Paseando a Bailee [1]

Hace cinco semanas adoptamos a una perrita.
Por lo poco que se podía saber de ella, parecía una cachorra de dos meses y medio (aunque ahora creemos que es algo mayor), mezcla de Teckel con no se sabe muy bien qué. Adorable…


…Casi todo el tiempo.

Lo cierto es que antes de tomar la decisión de traer a casa a un nuevo habitante, estuvimos leyendo mucho, preguntando mucho a gente con experiencia y reflexionando mucho sobre si nuestro estilo de vida nos permitiría atenderla como es debido. Pero hubo algo sobre lo que no pensamos… la gente que nos íbamos a encontrar por la calle durante los paseos.

Y es precisamente sobre eso último sobre lo que quiero hablaros en esta nueva «sección» del blog.

Por tema vacunas y demás, hace apenas dos semanas que empezamos a salir de paseo con Bailee y en ese periodo tan corto ya nos ha dado tiempo a darnos cuenta de que no va a ser nada fácil lidiar con la dificultad añadida que supone cierto tipo de gente en la calle.

Yo siempre he sido de saludar a tooooooooooodos los perritos con los que me cruzaba. Pero siempre de lejos. Sin llamar siquiera su atención. Y, salvo en contadísimas ocasiones en las que los dueños me han dado pie a ello, jamás se me ha ocurrido acercarme a acariciar —y menos coger en brazos— a ninguno de esos perros. Por muy monos que me parecieran.

Pero ahora creo que soy un bicho raro.

Para empezar suavecito, hoy simplemente voy a hablar de algo general. Ya más adelante os contaré anécdotas más concretas y cada cual más surrealista que la anterior.


Cuando fuimos a conocer a Bailee, nos comentaron que era un poco gruñona. Y enseguida comprobamos que estaban en lo cierto. Hablando de este asunto con gente que tiene perros, todos coincidieron en que era «extraño», o al menos poco común, que un cachorro tan pequeño gruñera, ya que, por lo que llegué a entender, todavía no tienen ese instinto desarrollado. Bien, pues Bailee gruñía y sigue haciéndolo (aunque ya algo menos).

No sabemos nada de su vida antes a ser rescatada por la protectora, pero lo que parece bastante evidente por ciertos comportamientos es que no pasó suficiente tiempo con su madre. No sabemos en qué condiciones estuvo, ni si alguien le hizo algo malo (aparte de dejarla tirada en un jardín, que ya es bastante) pero lo cierto es que muy pronto descubrimos que no sólo gruñía, sino que también muerde. Y no me digáis que es jugando (que eso también lo hace y me parece normal). No. Saca los colmillos y se lanza a morder.

Es un poco como Stitch: adorable y achuchable casi todo el tiempo, pero a ratos terrible.


Ahora os pido un poco de imaginación: pensad en Bailee (o cualquier otro perro) paseando con sus dueños y, de pronto, lanzandose a morderlos las piernas o las manos sin parar de gruñir. ¿Os resulta graciosa la escena?

Vale, sé que tengo un sentido del humor rarísimo, pero cada vez que alguien se ríe o suelta el típico «¡Ooooh, qué cachorrito tan mono, mira como gruñe!» o «¡Qué gracioso! ¡Mira cómo juega!» me hierve la sangre. Vamos, que ni p***izca de gracia me hace.

Pero la gente lo ve muy divertido.

Seré yo la rara. Claro.



Obviamente estamos trabajando, con la ayuda de un adiestrador, para corregir esto y que Bailee pueda ser una perrita feliz, en paz y disfrutar de los paseos al máximo. Pero reconozco que a veces me frustro y sólo quiero ponerme a matar gente. 

Cuando os siga contando, sé que me comprenderéis. Mientras tanto, estoy empezando a pensar que todo habría sido más sencillo si hubiéramos adoptado un perro que a la gente le pareciera feo. Pero como a mí me encantan todos, no habría sabido elegir.

CONTINUARÁ…

miércoles, 18 de mayo de 2016

Cartas de amor a los muertos - Ava Dellaira

Todo comienza con un trabajo de Lengua: escribirle una carta a alguien que haya muerto.
Laurel escoge a Kurt Cobain porque su hermana lo adoraba. Y porque él murió joven, como ella. En poco tiempo tiene un cuaderno lleno de cartas a Judy Garland, Amy Winehouse, Heath Ledger y muchos otros. Sin embargo, no se las entrega a su profesora. Les escribe sobre el comienzo del instituto, sus nuevas amistades, su primer amor y sobre cómo está aprendiendo a vivir ahora que su familia se ha roto.
Y sobre lo que ocurrió cuando su hermana aún estaba viva.

Las personas a las que nos gusta escribir sabemos que llenar de letras una página en blanco puede ser una terapia muy útil para sacar fuera las cosas que nos angustian pero que no tenemos valor de comentar en voz alta. Y Laurel, la protagonista de Cartas de amor a los muertos, está a punto de descubrirlo.

A sus casi quince años, Laurel ha vivido un montón de experiencias que ningún niño debería vivir: su familia está rota, ha perdido a la persona a la que más quería en el mundo, guarda en su interior recuerdos que la martirizan constantemente y ha tenido que cambiar de instituto para tratar de empezar de cero en un sitio en el que nadie la conozca. Allí hará nuevos amigos e incluso conocerá a su primer amor. Sin embargo, no es nada fácil fingir ser quien no eres.

El libro tiene estructura epistolar: toda la historia está contada a través de cartas que Laurel escribe a personajes famosos que murieron demasiado jóvenes. Todas sus reflexiones, sentimientos, dudas, remordimientos, recuerdos de la infancia y nuevas experiencias quedan plasmados en un cuaderno que empezó como un trabajo para la clase de Lengua y terminó siendo una experiencia que ayudó a Laurel a enfrentarse a sus miedos para convertirse en una nueva persona.

Los perfiles de todos los personajes son maravillosos, pues cada uno tiene su personalidad y carga con sus propios fantasmas, dando muestra de la diversidad que se puede encontrar en cualquier grupo de personas.

También me ha gustado mucho el recurso de utilizar personajes reales como destinatarios de las cartas, pues algunos no los conocía y al buscar información sobre ellos he descubierto historias de lo más interesantes.

Del estilo de Nubes de kétchup, Querido Atticus o Las ventajas de ser un marginado, este libro te gustará si te apasionan las novelas desgarradoras con personajes auténticos que a pesar de su juventud tienen muchas cosas que contar. Además, la última parte es completamente adictiva y hace que resulte imposible cerrar el libro sin haber llegado al final.

Publicado originalmente en el número 4 de la revista El aLIJo